viernes, 6 de enero de 2012

Cosas insignificantes.

Miro a mí alrededor, observando cada pequeño rincón  con su correspondiente detalle,  mientras suena frágil y lentamente, Yann Tiersen. A mi izquierda, se difuminan pequeños rayos de luz, abrazados cuidadosamente por la sombra que desprende un puñado de pañuelos de hilo que mi ventana sostiene, como si flotasen en el aire junto a ella, para poder así ver lo que ocurre en el exterior, observar esos troncos marchitos, sin sus hojas, pero húmedos  por la rociada del invierno.

A pesar de hoy ser un día nublado, pequeñitos rayos de luz, se dejan ver entre las nubes apenas visibles, tales difuminan el cielo, dejándolo blanquecino, y haciéndonos creer, que tal inmensidad posee ese color blanco, puro y limpio.

Mi habitación, deja que un ramita de incienso, difumine un pequeño hilo de aroma y nuble todo el espacio que ocupa esta, de un aroma a pachouli.

Pachouli…

Un nombre ridículo, para un aroma tan intenso y agradable, mientras le acompaña una pequeña velita, con aroma sutil a fresas, haciendo hervir una pequeña y casi insignificante cantidad de aceite, con aroma a madreselva. Todo ese perfume es embriagador, si eres capaz de separar cada uno. En fin pocas cosas insignificantes, que me hacen mirar a mí alrededor, con atención, y observar pese a mi contradicción, lo grande que son esas cosas.

De pequeños placeres, nos hemos de enriquecer, puesto que la vida es larga, y trae consigo muchos baches, capaces de hacerte tropezar y sangrar.

Todos sabemos, que esas heridas producidas, por tales caídas, sangran bastante a pesar de intentar parar esa leve hemorragia. Pero gracias esas cosas insignificantes, a esos grandes placeres insignificantes, cada día podemos, como hoy me ha ocurrido a mí, mirar atentamente y con ello observar fascinados, las pequeñas cosas, esos pequeños detalles invisibles casi. Y sorprendernos, de ese aroma embriagador que todo lo que nos rodea desprende.

Respirar ese aroma, hasta que nuestros pulmones, se hinchen de su aire y que al expulsarlo, se dibuje una leve sonrisa cómplice, de satisfacción.

Por esas cosas insignificantes, que causan inmensos placeres.

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